Opinión

La violencia no nace de un día para otro: una sociedad que necesita volver a mirarse

A partir del reciente episodio de violencia que involucró a adolescentes en Villa de Merlo, Javier invita a reflexionar sobre el papel de las familias, las instituciones y los adultos en la construcción de los vínculos. Una mirada desde la Psicología Social que propone ir más allá de la indignación y recuperar el respeto, la empatía y la responsabilidad colectiva.

31 de octubre de 2026 - 11:08 hs.

Por Javier — Columna de opinión

Hay hechos que duelen por lo que sucede, pero también por todo lo que nos invitan a pensar. Lo ocurrido recientemente en nuestro pueblo, donde una adolescente habría sido agredida físicamente por un grupo de chicas y en el que, según trascendió, también podría haber existido la participación o el estímulo de una persona adulta, es uno de esos acontecimientos que no deberían dejarnos indiferentes.

Detrás de una situación de violencia hay una persona que sufre, una comunidad que se conmueve y una pregunta que necesitamos hacernos colectivamente: ¿qué está pasando con la manera en que nos vinculamos, resolvemos nuestros conflictos y aprendemos a relacionarnos con los demás?

No se trata solamente de condenar un hecho puntual, aunque es necesario hacerlo. Se trata también de animarnos a mirar un poco más allá, porque la violencia no aparece de la nada ni puede comprenderse únicamente a partir de quienes la ejercen.

Necesitamos preguntarnos qué modelos de relación estamos construyendo, qué mensajes transmitimos y qué lugar les damos al respeto, a la empatía y al cuidado del otro en nuestra vida cotidiana.

Desde la Psicología Social comprendemos que las personas no se construyen de manera aislada. Somos sujetos que nos constituimos en relación con otros, dentro de una familia, de grupos de pertenencia, de instituciones y de una sociedad que transmite valores, normas y formas de interpretar el mundo. Aprendemos a vincularnos observando, escuchando y participando de las relaciones que nos rodean.

Por eso, cuando la violencia aparece entre adolescentes, no alcanza con mirar exclusivamente a quienes protagonizan el episodio. También necesitamos observar los contextos, los vínculos y los modelos que intervienen en la construcción de esas conductas.

Esto no significa quitar responsabilidades individuales, sino comprender que la responsabilidad y la prevención también tienen una dimensión colectiva.

Hay una idea que considero fundamental: podemos haber sido heridos, haber sufrido injusticias, haber experimentado rechazo o haber atravesado situaciones que nos llenaron de dolor, pero nada de eso nos da derecho a lastimar a otra persona.

Todos tenemos historias, heridas y experiencias que nos marcan. Algunas dejan huellas profundas y pueden influir en la manera en que reaccionamos frente a un conflicto. Comprender ese dolor es necesario. Escucharlo, acompañarlo y ofrecer herramientas para elaborarlo también. Pero una cosa es comprender por qué alguien puede reaccionar con violencia y otra muy distinta es justificar esa violencia.

El sufrimiento merece ser escuchado, pero no puede convertirse en una autorización para hacer sufrir a otros. Nuestra historia puede ayudarnos a comprender quiénes somos, pero no debería convertirse en una excusa para reproducir aquello que alguna vez nos lastimó.

También necesitamos detenernos en el papel de los adultos. Si se confirma que una persona adulta alentó o estimuló una agresión entre adolescentes, estaríamos ante una situación especialmente preocupante.

Los adultos tenemos la responsabilidad de orientar, poner límites, enseñar a resolver las diferencias mediante la palabra y proteger a quienes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad.

No podemos pedirles a los jóvenes que aprendan a convivir pacíficamente si nosotros mismos contribuimos a reproducir el enfrentamiento, la humillación o la violencia.

Educar no es alimentar el resentimiento. Acompañar no es alentar la venganza. Poner límites no es humillar. Y defender a alguien no significa habilitar que lastime a otra persona.

Desde una mirada psicosocial, los vínculos no son un asunto menor ni una cuestión exclusivamente privada. En ellos se construyen formas de reconocer al otro, tramitar las diferencias, ejercer la autoridad y afrontar las frustraciones.

Cuando el desprecio, la descalificación, la intimidación o la agresión comienzan a presentarse como respuestas aceptables, algo de nuestra convivencia se deteriora.

Y ese aprendizaje puede ocurrir en distintos espacios: en la familia, en la escuela, entre amigos, en las instituciones, en las redes sociales y en la sociedad en general.

No porque todos esos ámbitos sean violentos, sino porque todos tienen la posibilidad de transmitir maneras de relacionarnos que pueden favorecer el respeto y la cooperación o, por el contrario, alimentar la hostilidad y la exclusión.

Por eso, frente a un hecho como este, no alcanza con indignarnos durante unos días. La indignación puede ser legítima, pero necesita transformarse en reflexión y acción.

De lo contrario, corremos el riesgo de condenar una expresión de violencia mientras reproducimos otras en nuestros propios vínculos: cuando humillamos, cuando descalificamos, cuando buscamos imponer nuestra voluntad por la fuerza o cuando enseñamos que el más fuerte es quien tiene razón.

Como comunidad, necesitamos recuperar el valor de la palabra, la escucha, los límites y la responsabilidad.

Necesitamos familias que puedan acompañar sin justificar lo injustificable; escuelas que promuevan la convivencia y actúen frente al hostigamiento; instituciones comprometidas con la prevención; adultos dispuestos a revisar sus propias conductas y espacios donde los adolescentes puedan expresar sus conflictos sin convertirlos en agresiones.

También necesitamos cuidar a quien fue agredido, evitar su exposición innecesaria, no alimentar rumores y permitir que los hechos se esclarezcan con la seriedad que merecen.

La respuesta social no debería convertirse en otra forma de hostigamiento, porque no podemos combatir la violencia reproduciendo sus mismos mecanismos.

Un pueblo no se construye solamente compartiendo calles, plazas o espacios comunes. Se construye, fundamentalmente, en la manera en que nos tratamos, en cómo respondemos ante el dolor ajeno y en la responsabilidad que asumimos frente a los conflictos.

Porque la violencia no nace de un día para otro, pero tampoco desaparece por sí sola. Prevenirla requiere compromiso, escucha y adultos capaces de enseñar, con sus propias acciones, que siempre existe una manera diferente de relacionarnos.

Tal vez sea momento de dejar de preguntarnos solamente qué les pasa a nuestros jóvenes y empezar a preguntarnos también qué sociedad les estamos mostrando y qué estamos haciendo, cada uno desde su lugar, para construir una convivencia mejor.

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