Opinión

El grito que nos convoca: Ni Una Menos como un espejo social

La movilización de Ni Una Menos vuelve a poner en agenda una problemática que atraviesa a toda la sociedad. Una reflexión sobre la violencia, la responsabilidad colectiva y la necesidad de construir vínculos más sanos y respetuosos.

4 de junio de 2026 - 20:01 hs.

Ayer, las calles de nuestro pueblo y de todo el país volvieron a teñirse de un reclamo que no pierde vigencia, que no cesa y que, lamentablemente, sigue siendo dolorosamente necesario. La marcha “Ni Una Menos” congregó una vez más a miles de personas.

Sin embargo, reducir esta movilización a un evento anual o a un reclamo exclusivo de las mujeres sería cometer un error de lectura peligroso. Este movimiento es, en esencia, un grito colectivo, una expresión de lucha constante de mujeres valientes que intentan ser la voz de aquellas que ya no tienen voz.

Y, por sobre todas las cosas, es un profundo llamado de atención para gobiernos, poderes públicos, instituciones, familias y para la sociedad en su conjunto.

Cada femicidio, cada agresión, cada acto violento que sale a la luz —o que se consume en el silencio de un hogar— no representa un fracaso personal o aislado.

Representa un fracaso social. La violencia de género no brota de la nada; se gesta y se reproduce en una compleja trama vincular que arrastramos desde hace generaciones y que hoy, de manera urgente, tenemos que sanar.

Para lograrlo, el primer paso es ineludible: no podemos seguir naturalizando la violencia. No podemos permitir que el horror se vuelva paisaje o cotidianidad en los noticieros.

Sanar este tejido social requiere educar para la vida.
Y educar para la vida significa hacerlo sin odios, sin rencores y sin los miramientos sobre “lo distinto” que, desde hace un tiempo a esta parte, nos han impuesto a través de la moda de la oposición por el solo hecho de pensar diferente. La hostilidad y la grieta no construyen; solo rompen más lo que ya está quebrado.

Esto nos invita a una introspección necesaria que debe comenzar en el seno de nuestras familias. Es allí donde se define el futuro.

Debemos preguntarnos con honestidad: ¿Cómo nos comunicamos entre nosotros? ¿Cómo les hablamos a nuestros hijos e hijas? ¿Qué conductas estamos avalando con nuestro silencio o con un chiste fuera de lugar?

De nosotros depende que la violencia, en cualquiera de sus expresiones, sea identificada, rechazada y denunciada. Esa es nuestra responsabilidad civil y humana más directa.

Es fundamental entender que este reclamo busca valorar la figura de la mujer, quien durante muchísimo tiempo caminó tras la sombra de una sociedad estructuralmente machista.

Esto no es una batalla contra los hombres, ni se cimienta en el odio hacia un género. Se trata de combatir la irracionalidad de creer que existen géneros o personas de primera y de segunda clase.

No hay categorías humanas: hay personas con la misma dignidad intrínseca.

Recuperar nuestra dignidad como sociedad implica, de una vez por todas, ubicar a la mujer en el lugar que le corresponde por el solo hecho de ser persona, garantizando su derecho fundamental a vivir una vida plena y segura.

La marcha del “Ni Una Menos” nos deja una certeza: el valor de la persona y el valor de la vida no son negociables.

Erradicar la violencia es un deber que no admite más demoras ni distracciones. La voz de las que ya no están nos sigue pidiendo que no miremos hacia el costado.

Opinión: Lic. Claudio Javier Botto
Psicólogo Social Clínico
Diplomado en Neuropsicología y Psicodiagnóstico
M.P. 1802 – Mat. APSCA 153

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