Opinión

Las tropas mercenarias de la política

Cuando la conveniencia reemplaza a las convicciones y la traición termina alejando a la sociedad de sus dirigentes

25 de octubre de 2026 - 09:16 hs.

Hay libros que, aunque fueron escritos hace siglos, parecen describir con sorprendente precisión algunas conductas de la política actual. Uno de ellos es El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, una obra que invita a reflexionar sobre el poder, la lealtad, las ambiciones y las debilidades humanas.

En uno de sus capítulos, Maquiavelo advierte sobre los peligros de las tropas mercenarias. Aquellos soldados que, lejos de defender una causa por convicción, prestaban sus servicios a cambio de una recompensa. Su compromiso no estaba necesariamente con el proyecto que decían proteger, sino con los beneficios que podían obtener de él.

Han pasado más de quinientos años y, aunque las guerras y sus protagonistas hayan cambiado, ciertas conductas parecen mantenerse intactas.

Porque también en la política existen tropas mercenarias.

No llevan espadas ni armaduras. Se presentan con discursos de compromiso, promesas de lealtad y gestos de acompañamiento. Son aquellos que se acercan a un proyecto, comparten reuniones, conocen estrategias, reciben oportunidades y construyen vínculos de confianza.

Pero basta con que cambien las circunstancias, aparezca una oferta más tentadora o se modifique la distribución del poder para que algunas de esas lealtades comiencen a desvanecerse.

Y entonces ocurre algo todavía más preocupante: quienes ayer defendían apasionadamente una idea, hoy pueden convertirse en sus principales detractores.

No porque hayan atravesado necesariamente una transformación ideológica profunda, algo perfectamente legítimo en democracia, sino porque sus intereses personales encontraron un destino más conveniente.

El costo de las lealtades alquiladas

En política, las diferencias son inevitables y hasta saludables. Nadie está obligado a pensar eternamente de la misma manera ni a permanecer dentro de un espacio con el que ya no se identifica.

El problema comienza cuando las convicciones se convierten en mercancía y la confianza pasa a ser una herramienta descartable.

Cuando alguien utiliza el conocimiento adquirido dentro de un proyecto para perjudicar deliberadamente a quienes le abrieron las puertas, el daño suele superar ampliamente una disputa entre dirigentes.

Se deterioran relaciones personales, se fracturan equipos de trabajo, se debilitan proyectos colectivos y se generan enfrentamientos que, muchas veces, sobreviven incluso a sus propios protagonistas.

Y mientras unos y otros se enredan en disputas, pases de factura y viejos resentimientos, la sociedad observa.

Observa y toma nota.

Porque detrás de cada pelea política que parece responder más a cuestiones personales que a diferencias de ideas, hay ciudadanos que comienzan a preguntarse si verdaderamente vale la pena confiar.

Cuando pierde la política, pierde la gente

Quizás una de las consecuencias más graves de estas conductas sea el desencanto que producen.

La gente espera que sus representantes discutan sobre el trabajo, la educación, la salud, la seguridad, el desarrollo y las oportunidades de sus comunidades.

Sin embargo, demasiadas veces termina asistiendo a espectáculos donde predominan las acusaciones cruzadas, las traiciones, las disputas internas y las ambiciones individuales.

Y así, poco a poco, se instala una sensación peligrosa: que todos son iguales, que nadie cumple su palabra y que la política es solamente una herramienta para alcanzar beneficios personales.

Esa percepción, aunque injusta para quienes trabajan honestamente por sus comunidades, termina debilitando la confianza en las instituciones y alejando a ciudadanos valiosos de la participación pública.

También en nuestras comunidades, donde todos nos conocemos y las relaciones personales suelen entrelazarse con la actividad política, estas situaciones pueden dejar marcas difíciles de borrar.

Porque en los pueblos y las ciudades del interior, las heridas políticas muchas veces no terminan cuando concluye una elección.

Permanecen en las relaciones cotidianas, en las instituciones y, lamentablemente, hasta en los vínculos personales.

La lealtad no significa obediencia

Conviene aclarar algo fundamental: defender la lealtad no significa exigir obediencia ciega.

La política necesita dirigentes capaces de disentir, cuestionar decisiones equivocadas y expresar sus diferencias con libertad.

La lealtad verdadera no consiste en aplaudir todo lo que hace un conductor político. Consiste en actuar con honestidad, sostener principios y tener la valentía de plantear las diferencias de frente.

Se puede abandonar un espacio sin traicionar.

Se puede cambiar de opinión sin destruir.

Se puede construir un camino propio sin necesidad de incendiar el que alguna vez se compartió.

Esa diferencia, aunque parezca sencilla, separa a quienes hacen política por convicción de aquellos que solamente encuentran en ella una oportunidad de conveniencia.

Una reflexión que sigue vigente

Maquiavelo comprendió que ningún proyecto podía sentirse verdaderamente seguro si dependía exclusivamente de fuerzas cuyo compromiso estaba condicionado por intereses ajenos.

Tal vez esa enseñanza merezca ser recuperada en estos tiempos.

Porque la política necesita menos mercenarios y más personas con convicciones.

Menos oportunismo y más coherencia.

Menos disputas personales y más compromiso con los problemas reales de la sociedad.

Los cargos pasan, los gobiernos terminan, los espacios políticos se transforman y las circunstancias cambian.

Pero hay valores que deberían permanecer: la palabra, la honestidad, el respeto y la dignidad.

Y quizás sea oportuno recordar que el adversario político que expresa abiertamente sus diferencias no siempre representa el mayor peligro para un proyecto.

A veces, el daño más profundo proviene de quienes estuvieron cerca, disfrutaron de la confianza y los beneficios de pertenecer, pero nunca compartieron verdaderamente las convicciones que decían defender.

Porque, al final, los mercenarios de la política no siempre llevan armas. A veces llevan discursos de lealtad.

Y cuando la lealtad tiene precio, tarde o temprano, alguien termina pagando las consecuencias.

Lamentablemente, muchas veces ese alguien es la propia sociedad.

COMPARTIR NOTA

Scroll al inicio