Opinión

Cuando la violencia se convierte en la única respuesta, algo estamos perdiendo como sociedad

Los destrozos registrados en la Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Villa de Merlo invitan a una reflexión que va más allá del hecho puntual. Una mirada sobre la intolerancia, el respeto por las diferencias y la necesidad de recuperar el diálogo como base de la convivencia.

8 de agosto de 2026 - 16:45 hs.

En la madrugada de este sábado 8 de agosto, la Parroquia Nuestra Señora del Rosario fue escenario de un hecho que duele y preocupa. Personas ingresaron al templo y provocaron múltiples destrozos, afectando distintos espacios del lugar, el parque exterior y los vidrios del salón parroquial.

Más allá de los daños materiales, que podrán repararse con tiempo, esfuerzo y recursos, hay algo que resulta mucho más difícil de reconstruir: el sentido de comunidad que se rompe cada vez que la violencia aparece como respuesta frente a aquello que nos incomoda, nos molesta o pensamos diferente.

Hoy le tocó a una parroquia. Mañana puede tocarle a una escuela, un club, una institución pública, un comercio, una organización barrial, una biblioteca o cualquier otro espacio que forme parte de nuestra comunidad.

Y por eso sería un error mirar este hecho solamente como un acto aislado de vandalismo o como un problema que pertenece exclusivamente a quienes forman parte de esa institución.

Nos interpela a todos.

Porque detrás de un vidrio roto, de una puerta dañada o de un espacio destruido también hay una pregunta que deberíamos hacernos como sociedad: ¿qué nos está pasando para que, frente a lo que pensamos diferente, la violencia comience a aparecer como una posibilidad?

Vivimos tiempos en los que pareciera que cada vez nos cuesta más tolerar aquello que no coincide con nuestras propias ideas. Nos cuesta escuchar al que piensa distinto, comprender al que tiene otra mirada, aceptar otras formas de vivir, de creer, de sentir o de interpretar la realidad.

Y cuando perdemos la capacidad de dialogar, aparece la descalificación.

Cuando la descalificación ya no alcanza, aparece la agresión. Y cuando la agresión se naturaliza, podemos terminar justificando aquello que jamás deberíamos justificar: la violencia como forma de imponer una idea.

No importa cuál sea nuestra posición política, religiosa, ideológica o cultural.

No importa si coincidimos o no con una institución, con quienes la integran o con las ideas que allí se expresan.

Hay un límite que como sociedad no deberíamos cruzar: el respeto por el otro y por los espacios que compartimos.

No podemos construir una comunidad destruyendo aquello que no nos representa.

Tampoco podemos celebrar un acto de violencia simplemente porque fue cometido contra alguien con quien no coincidimos.

Porque cuando comenzamos a justificar la violencia dependiendo de quién sea la víctima, dejamos de defender valores y empezamos a defender solamente nuestros propios intereses.

Y allí aparece una de las formas más peligrosas de la intolerancia: aquella que considera que la violencia está mal únicamente cuando la ejercen contra nosotros, pero que puede ser aceptable cuando se dirige contra quienes pensamos que “lo merecen”.

Eso debería preocuparnos profundamente.

También necesitamos preguntarnos cuánto estamos contribuyendo, muchas veces sin darnos cuenta, a una sociedad atravesada por la impaciencia, la intolerancia y las grietas. Una sociedad donde muchas conversaciones dejaron de ser espacios para encontrarnos y se transformaron en escenarios para imponernos.

Dialogar no significa convencer al otro.

Dialogar significa poder escuchar incluso cuando no estamos de acuerdo.

Y escuchar no significa renunciar a nuestras convicciones.

Significa reconocer que el otro también es una persona, que tiene una historia, que posee sus propias experiencias y que merece ser tratado con dignidad.

Necesitamos recuperar algo que parece sencillo pero que, en estos tiempos, se vuelve profundamente necesario: la capacidad de convivir con las diferencias.

No podemos permitir que nuestras interpretaciones personales se transformen automáticamente en verdades absolutas.

Mucho menos cuando esas interpretaciones están alimentadas por prejuicios, rumores, discursos de odio o percepciones que no encuentran sustento en hechos concretos.

Una sociedad saludable necesita aprender nuevamente a distinguir entre lo que pensamos, lo que creemos y lo que realmente sabemos.

Porque cuando confundimos esas tres dimensiones, podemos terminar construyendo enemigos donde solamente existen personas diferentes.

Por eso, lo ocurrido en la Parroquia Nuestra Señora del Rosario no debería ser pasado por alto. Pero tampoco debería convertirse en una excusa para responder con más violencia, más odio o más enfrentamientos.

Debe convertirse en un llamado de atención.
Un llamado a preguntarnos qué comunidad queremos construir.

Una comunidad donde quien piensa diferente es un enemigo, o una comunidad donde las diferencias pueden coexistir.

Una comunidad donde destruimos aquello que no comprendemos, o una comunidad donde aprendemos a preguntar, escuchar y dialogar.

Una comunidad donde la violencia termina siendo la última palabra, o una comunidad donde todavía somos capaces de encontrar palabras antes que golpes, destrucción o
imposiciones.

Quizás necesitamos volver a hablar de valores que alguna vez parecían básicos: respeto, empatía, solidaridad, tolerancia, responsabilidad, diálogo y cuidado de lo común.

Porque una sociedad no se construye solamente desde las grandes decisiones.

También se construye en cada gesto cotidiano: cuando respetamos una opinión diferente, cuando no difundimos aquello que no sabemos si es cierto, cuando evitamos señalar, cuando escuchamos antes de juzgar y cuando entendemos que tener una convicción firme no nos otorga el derecho de violentar al otro.

Hoy le tocó a una parroquia.

Pero podría tocarle a cualquiera.

Y justamente por eso, este no debería ser un problema de “ellos” o de “nosotros”.
Es un problema de todos.

No se trata solamente de reparar paredes, vidrios o espacios físicos. Se trata de comenzar a reparar algo mucho más profundo: los vínculos que como sociedad estamos deteriorando cada vez que elegimos la intolerancia por encima del diálogo y la violencia por encima del respeto.

Que este hecho no pase inadvertido.

Que tampoco sea celebrado.

Que no busquemos justificarlo dependiendo de nuestras propias simpatías o diferencias.

Que podamos mirarlo con la suficiente madurez para decir, entre todos y sin importar nuestras creencias:

La violencia no puede ser nuestra forma de relacionarnos.

Porque cuando dejamos de respetar al otro, también comenzamos a perder el respeto por nosotros mismos como sociedad.

Y quizás hoy, más que nunca, necesitamos despertar.

Volver a mirarnos.

Volver a escucharnos.

Volver a entender que una comunidad no se construye cuando todos pensamos igual, sino cuando somos capaces de convivir, respetarnos y cuidarnos aun siendo diferentes.

Porque las diferencias pueden enriquecernos.

La intolerancia nos divide.

Pero la violencia nos destruye a todos.

Opinión: Lic. Claudio Javier Botto
Psicólogo Social Clínico
Diplomado en Neuropsicología y Psicodiagnóstico
M.P. 1802 – Mat. APSCA 153

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