Opinión
Cuando un joven pierde la esperanza, toda la sociedad tiene una tarea pendiente
Los datos sobre la realidad que atraviesan miles de jóvenes en Argentina invitan a una reflexión profunda. Una mirada desde la Psicología Social Clínica sobre la importancia de reconstruir oportunidades, fortalecer los vínculos y devolverles esperanza a las nuevas generaciones.
29 de julio de 2026 - 23:13 hs.

Los datos que dio a conocer un reciente informe de la Universidad de Buenos Aires resultan difíciles de ignorar: casi uno de cada dos jóvenes de entre 18 y 29 años se encuentra en situación de vulnerabilidad social.
Detrás de ese porcentaje aparecen historias, proyectos interrumpidos y una realidad que nos interpela como sociedad.
La advertencia de la socióloga e investigadora del Conicet, Liliana De Riz, sobre el crecimiento de los llamados “triple ni” —jóvenes que no estudian, no trabajan y tampoco buscan empleo— no debería llevarnos a emitir juicios apresurados ni a etiquetar a una generación. Por el contrario, nos invita a preguntarnos qué ha ocurrido para que tantos jóvenes dejen de encontrar sentido en espacios que históricamente representaban oportunidades de crecimiento y de construcción de un proyecto de vida.
Desde la Psicología Social Clínica comprendemos que ninguna persona se desarrolla en aislamiento. Cada sujeto es el resultado de una historia, de sus vínculos y del contexto social, económico y cultural en el que vive. Cuando una generación comienza a perder la esperanza, el problema deja de ser individual para convertirse en una responsabilidad colectiva.
No se trata únicamente de la falta de empleo o de las dificultades para acceder a la educación. Lo más preocupante es la pérdida de expectativas, el debilitamiento de la confianza en el futuro y la sensación de que el esfuerzo ya no garantiza oportunidades.
Cuando esa esperanza se rompe, también se resienten la autoestima, el sentido de pertenencia y la participación social.
El trabajo ocupa un lugar central en este proceso. No solo representa un ingreso económico que permite vivir y progresar. También organiza la vida cotidiana, fortalece la identidad, favorece los vínculos, despierta el compromiso y devuelve algo profundamente humano: la dignidad. Sentirse necesario, reconocido y capaz de aportar al bienestar de otros es una experiencia que fortalece tanto a las personas como a las comunidades.
Por eso, cuando miles de jóvenes quedan al margen de estos espacios, no solo se pierde fuerza productiva. También se debilita el tejido social. Se empobrecen los vínculos, disminuyen las oportunidades de encuentro y crece el riesgo de que muchos sientan que no tienen un lugar desde donde construir su futuro.
Sin embargo, esta realidad también nos ofrece una oportunidad: volver a pensar qué sociedad queremos construir y cuál es el lugar que les estamos ofreciendo a quienes hoy representan nuestro futuro.
Acompañar, escuchar, generar oportunidades, fortalecer la educación, promover el trabajo digno y reconstruir la confianza son desafíos que exceden a los gobiernos; comprometen a las familias, a las escuelas, a las organizaciones y a toda la comunidad.
Porque ningún pueblo crece dejando a sus jóvenes atrás. Cada oportunidad que se crea, cada vínculo que se fortalece y cada proyecto que ayuda a recuperar la esperanza constituye una inversión en el futuro colectivo.
Tal vez el desafío más importante sea recordar que las grandes transformaciones comienzan en los vínculos. Allí donde una persona encuentra alguien que cree en ella, que la acompaña y le ofrece una oportunidad, vuelve a nacer la posibilidad de imaginar un mañana diferente.
Construir un futuro mejor no depende solamente de indicadores económicos.
Depende, sobre todo, de nuestra capacidad para generar comunidades donde cada persona pueda sentirse parte, desarrollar su potencial y vivir con dignidad. Porque el trabajo no solo permite ganarse la vida; también permite recuperar el sentido, fortalecer la autoestima y construir ciudadanía. Y cuando una sociedad devuelve dignidad a sus jóvenes, también recupera la esperanza de todo un pueblo.
Opinión: Lic. Claudio Javier Botto
Psicólogo Social Clínico
Diplomado en Neuropsicología y Psicodiagnóstico
M.P. 1802 – Mat. APSCA 153
