Opinión

Cuando juega la Selección, también juegan nuestras emociones

Cada Mundial moviliza mucho más que la pasión por el fútbol. Una reflexión sobre cómo la Selección Argentina despierta emociones compartidas, fortalece el sentido de pertenencia y nos invita a pensar en la manera en que vivimos y gestionamos nuestros sentimientos.

10 de julio de 2026 - 12:27 hs.

Cada Mundial despierta algo que va mucho más allá del fútbol. En Argentina, no solo alentamos a un equipo: nos encontramos con una parte de nuestra identidad, de nuestra historia y de ese sentimiento colectivo que nos recuerda que, aun siendo diferentes, hay momentos en los que todos miramos hacia el mismo lugar.

Por eso no sorprende que aparezcan la ansiedad antes del partido, la euforia con un gol o la tristeza cuando el resultado no es el esperado.

Estas emociones son parte de una experiencia profundamente humana. El deporte tiene la capacidad de activar recuerdos, esperanzas y un fuerte sentido de pertenencia. Durante noventa minutos, pareciera que las preocupaciones cotidianas quedan en pausa y el corazón late al ritmo de millones de personas.

Sin embargo, también es importante recordar que ninguna emoción debería llevarnos a perder de vista nuestro bienestar. Cuando la pasión se transforma en enojo desmedido, discusiones, agresividad o un malestar que persiste mucho más allá del partido, es una señal para detenernos y preguntarnos qué otras necesidades emocionales están buscando expresarse.

Vivir intensamente el Mundial no tiene nada de malo. Emocionarse, gritar un gol, llorar una derrota o abrazarse con desconocidos son expresiones de una cultura que encuentra en el fútbol un lenguaje compartido.

Pero la verdadera fortaleza emocional también consiste en poder disfrutar sin que el resultado defina nuestro estado de ánimo, nuestra forma de vincularnos o el valor que le damos a nuestro día.

Quizás el mayor aprendizaje sea comprender que el fútbol nos une porque nos recuerda algo esencial: necesitamos sentir que pertenecemos. Y ese sentimiento no debería aparecer solo cada cuatro años. También puede construirse en los pequeños encuentros cotidianos, en una charla, en un abrazo, en compartir una mesa o en acompañar a quien lo necesita.

Al final del partido, cualquiera sea el resultado, lo más valioso sigue siendo aquello que ningún marcador puede modificar: la capacidad de emocionarnos juntos, de sostenernos como comunidad y de recordar que las emociones, cuando se viven con conciencia, siempre pueden convertirse en una oportunidad para conocernos un poco más.

Opinión: Lic. Claudio Javier Botto
Psicólogo Social Clínico
Diplomado en Neuropsicología y Psicodiagnóstico
M.P. 1802 – Mat. APSCA 153

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