Opinión
Cuando el estrés deja de ser una excepción y se convierte en una forma de vivir
En una sociedad donde el ritmo acelerado parece haberse convertido en la norma, una reflexión sobre cómo el estrés crónico impacta en la salud física y emocional, y la importancia de aprender a reconocer las señales que nos envía el cuerpo.
7 de julio de 2026 - 11:02 hs.

Vivimos en una época en la que el estrés parece haberse normalizado. Frases como “estoy a mil”, “no llego con todo” o “después descanso” forman parte del lenguaje cotidiano y, muchas veces, son interpretadas como señales de compromiso o productividad. Sin embargo, desde la psicología sabemos que el organismo no distingue entre una exigencia laboral, un conflicto familiar o una preocupación persistente: responde activando los mismos mecanismos biológicos de supervivencia.
El problema no es experimentar estrés de manera ocasional. Esa respuesta es necesaria y adaptativa. La dificultad aparece cuando el estado de alerta se prolonga durante semanas o meses. En ese escenario, el cerebro y el cuerpo comienzan a funcionar como si el peligro nunca terminara.
El aumento sostenido del cortisol, una hormona esencial para afrontar situaciones de emergencia, deja de ser beneficioso y pasa a afectar el descanso, la memoria, la concentración, el sistema inmunológico y el equilibrio emocional.
Con frecuencia, las personas consultan por cansancio, irritabilidad, insomnio o dolores físicos sin advertir que detrás de esos síntomas existe una carga emocional acumulada. El cuerpo suele expresar aquello que durante mucho tiempo intentamos sostener en silencio.
Escuchar esas señales no es un acto de debilidad; es una forma de prevenir que el desgaste se transforme en enfermedad.
En una sociedad que valora la velocidad y la inmediatez, detenerse puede parecer un lujo. Sin embargo, hacer una pausa consciente es una necesidad biológica y psicológica. Cuidar la salud mental implica reconocer los propios límites, revisar las exigencias que nos imponemos y comprender que el bienestar no depende únicamente de resolver problemas, sino también de generar espacios donde el organismo pueda recuperar la sensación de seguridad.
Un recurso sencillo, respaldado por la evidencia científica, consiste en dedicar unos minutos al día a la respiración lenta y profunda. Al prolongar la exhalación, se activa el sistema nervioso parasimpático, favoreciendo la disminución del cortisol y ayudando al cuerpo a salir del estado de alerta. No elimina las dificultades de la vida, pero sí modifica la manera en que el
organismo las enfrenta.
Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea aprender a hacer más, sino aprender a vivir sin permanecer permanentemente en modo supervivencia. Porque cuidar la salud mental también significa permitirle al cuerpo recordar que, por un momento, está a salvo.
Opinión: Lic. Claudio Javier Botto
Psicólogo Social Clínico
Diplomado en Neuropsicología y Psicodiagnóstico
M.P. 1802 – Mat. APSCA 153
