Opinión
El refugio en la palabra: reflexiones sobre la seguridad y el vínculo familiar, por Javier Botto
En los últimos tiempos, nos hemos encontrado frente a noticias que nos hielan la sangre: amenazas de violencia en el ámbito escolar, ese espacio que siempre consideramos el segundo hogar.
26 de abril de 2026 - 13:53 hs.

Es lógico que el primer impulso sea el miedo, ese frío que nos paraliza. Sin embargo, desde la psicología social clínica sabemos que el miedo prospera en el silencio y en la fragmentación. Hoy, más que nunca, la respuesta no es el pánico, sino el fortalecimiento del tejido humano.
El Hogar como Primera Trinchera de Cuidado
No podemos delegar la seguridad de nuestros hijos exclusivamente a cámaras o detectores de metales. La prevención primaria ocurre en la mesa, en el “cómo estás” genuino y en la mirada atenta. La familia es el primer núcleo de contención; es allí donde se construyen los diques que frenan la impulsividad y la desolación que suelen preceder a la violencia. La familia no es solo un techo, es el espacio donde el “yo” del niño se siente reconocido y valorado.
La Tiranía de la Pantalla y el Desdibujamiento de la Niñez
Asistimos a un fenómeno complejo: el control de las redes sociales no debe entenderse como un acto de “espionaje”, sino como un acto de presencia. El mundo digital es un territorio donde, a menudo, nuestros jóvenes navegan solos, sin la brújula de un adulto que los ayude a procesar discursos de odio o desafíos peligrosos.
Estamos viendo, con cierta tristeza, un desdibujamiento de las etapas: niños que consumen contenidos de adultos y adultos que, a veces, desertan de su rol de referentes por temor a imponer límites. Cuando los referentes sociales y familiares se vuelven difusos, la institución —ya sea la escuela o el estado— pierde su peso simbólico, y el respeto se disuelve en una anomia que nos deja a todos vulnerables.
Recuperar la Autoridad desde el Afecto
Recuperar el respeto por las instituciones comienza por recuperar el valor de la palabra del adulto en casa.
Necesitamos:
Diálogo sostenido: No interrogatorios, sino conversaciones que permitan la expresión del malestar.
Límites claros: El límite es, paradójicamente, una de las formas más altas del amor; es decirle al otro “te cuido porque me importás”.
Presencia consciente: Estar disponibles para decodificar lo que los chicos no saben decir con palabras, pero expresan en sus silencios o en sus cambios de conducta.
Una Invitación a la Reflexión
No permitamos que el terror gane la batalla cultural. El antídoto contra la violencia no es más vigilancia externa, sino más vinculación interna.
Volvamos a mirar a nuestros hijos a los ojos, a preguntarles qué piensan de lo que ven en sus redes, y a reafirmar que, ante cualquier tormenta, el diálogo familiar sigue siendo el puerto más seguro.
Es momento de reconstruir ese pacto de confianza entre padres, hijos y escuela. Solo así, desde la empatía y la responsabilidad compartida, podremos devolverles a los chicos la niñez que se merecen: una donde el futuro sea un proyecto de vida y no un escenario de temor.
Lic. Claudio Javier Botto
